¿Para qué 30 bombas?
Colombia | 2 de octubre de 2010
por Ruth Herced Rico
En 2010 Colombia eligió un nuevo presidente. El anterior mandatario, Álvaro Uribe Vélez, fue reemplazado por su brazo derecho, el ex ministro de Defensa Juan Manuel Santos. Este conflicto militar entre el estado colombiano y las guerrillas de liberación nacional no ha cesado desde hace mas de 60 años, al contrario se intensificó durante los ocho años de los dos mandatos de Uribe: millares de muertos, cientos de desaparecidos, descubrimiento de fosas comunes, entre cuatro y ocho millones de personas han sido desplazadas o expulsadas de sus tierras.
Durante las primeras semanas que siguieron a su investidura, el nuevo presidente pretendió hacer creer que todo cambiaría. Mientras Uribe fingía querer atacar Venezuela, Santos realizó su primer viaje oficial para reconciliarse con el “antiguo enemigo” y, al mismo tiempo, reconciliar a los industriales colombianos que tenían créditos con Venezuela. Ulteriormente, las bases militares estadounidenses implantadas en Colombia, tema de discordia en toda América Latina, fueron declaradas anticonstitucionales. Empeñado en marcar la diferencia de su gobierno con el de su antecesor, Santos prometió igualmente realizar una reforma agraria para devolverles a los campesinos sus tierras y también aprobar una ley de reparación a las víctimas de la violencia.
¿El fin del conflicto?
El 23 de septiembre último, Juan Manuel Santos hizo asesinar al comandante Jorge Briceño, más conocido como el Mono Jojoy, uno de los jefes de la FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia). Según el presidente Santos, esta operación debería señalar el final de un largo conflicto y el principio de una nueva era, próspera, pacífica y democrática. Sin embargo este golpe se revela puramente mediático, prueba de ello es el anuncio estilo hollywoodiano del sitio internet El Tiempo, ¡diario que pertenece… a la familia del actual presidente Santos, quien después de sus estudios en Harvard y hasta que comenzó su carrera política, fue jefe de redacción! El asesinato del jefe de las FARC fue la principal noticia de todos los diarios. En las fotos que la ilustran se puede ver al Presidente apretar la mano de los “héroes” responsables de la operación militar, así como la imagen del jefe rebelde desfigurado. En el diario de Santos se presentaban todos los detalles de la operación: 78 aviones y helicópteros, 800 hombres, 30 bombas lanzadas… para matar a seis hombres y una mujer, recuperar algunos ordenadores, llaves USB, y en un cubo presentado como una bomba, un arma oxidada y algunos clavos. Se dice que dicho material quedó en buen estado después de la operación, mientras que los cuerpos de las víctimas, irreconocibles, sólo pudieron identificarse gracias a las huellas dactilares.Esta extensa operación de información parece haber dado un resultado positivo: ¡la cuota de popularidad del Presidente subió al 88%! En plena campaña de promoción de su último libro, Íngrid Betancourt, quien dejó su combate contra la corrupción en la selva, habló de un “halo de esperanza”. Pero, sobre todo, Santos recibió las felicitaciones de la Casa Blanca.
¿Existe realmente motivo de alegría? ¿Matar a un hombre, así sea uno de los jefes guerrilleros, será suficiente para decidir el conflicto colombiano? Es una creencia muy extendida en la mitología de los Estados Unidos: en las películas de vaqueros por ejemplo, bastaba con matar al jefe indio para que la batalla cesara. Acaso la muerte de Pablo Escobar puso un término al tráfico de drogas. Y si se matara a Oussama Ben Laden o G.W. Bush, ¿doblarían las campanas por el final de la guerra en Afganistán?
La supuesta lucha contra el terrorismo es solamente un pretexto
El conflicto no se detendrá porque a las guerrillas les falte uno de sus líderes, ni aun exterminando a todos los guerrilleros. Los gobiernos colombianos sucesivos han pretendido hacer creer que la lucha sólo se hace en el terreno militar. El Estado no combate solamente la insurgencia, también a todos aquellos que se oponen a sus políticas.Durante los últimos 20 años han sido asesinados cientos de sindicalistas por haber defendido los derechos de los trabajadores. Millares de personas han sido detenidas en prisiones de alta seguridad por supuestos vínculos con la guerrilla: estudiantes, profesores, artistas, responsables de empresas cooperativas… Denominadas por Uribe la “rama intelectual del terrorismo.” En Colombia actualmente hay 7.500 prisioneros políticos, dos tercios de ellos nunca han llevado un arma. Los defensores de derechos humanos o ciertas personalidades de las que el Estado no se puede desembarazar físicamente, continuamente son amenazadas y perseguidas jurídicamente con el fin de apartarlas de su trabajo. Cientos de personas han sido puestas ilegalmente bajo escucha telefónica. Este escándalo, conocido como “chuzadas”, solamente ha tocado al jefe de los servicios de seguridad (DAS).
Cuando una defensora de la paz es acusada de terrorismo
Tres días después del costoso y salvaje bombardeo sobre el campamento FARC, la senadora Piedad Córdoba, aunque pertenece al mismo partido del Presidente, fue destituida e inhabilitada de su cargo por un periodo de 18 años. Incluso podría pasar a formar parte de la muchedumbre de los presos políticos. Esta mujer famosa por su combate por la paz, su lucha contra las políticas de expoliación, la defensa de las víctimas del conflicto, su rechazo de la militarización y su negación de la implantación de las bases estadounidenses, ha sido clasificada también como “terrorista” por haber mantenido un diálogo con el grupo rebelde.Detrás de estos escándalos mediáticos, el conflicto aparece como: una lucha política para terminar con todo aquello que va contra la lógica neoliberal que reina en Colombia. Un centenar de familias se reparte el país y sus riquezas para revenderlo a las potencias extranjeras. Dicha oligarquía se muestra fuerte frente al “terrorismo” rechazando todas las negociaciones, al mismo tiempo se revela débil y cómplice frente a las multinacionales a quienes cede a precios ínfimos terrenos agrícolas, minas de oro, pozos petroleros, agua… a cambio de una escasa contrapartida; lo más grave es que la población no se beneficia de nada, la mitad de ella vive bajo el umbral de pobreza y ciertas regiones no tienen agua corriente, ni electricidad, ni médicos.
La resistencia colombiana como ejemplo
Incluso admitiendo que el conflicto armado va a cesar después de este asesinato, la lucha de la sociedad colombiana no se acabará. Los campesinos desean recuperar sus tierras, los periodistas su libertad de palabra, los presos políticos su familia, los desplazados su casa, los colombianos su soberanía nacional, su derecho a la salud y a la educación… Este combate se organiza y se tejen redes. Se han creado decenas de organizaciones locales, nacionales e internacionales y se lucha cada día, con los riesgos que ello incurre, para que este conflicto se revele como lo que es: una lucha de clases. Algunas asociaciones se encargan de recoger testimonios, otras de formar jurídica y políticamente las comunidades para que puedan defenderse. Hay algunos que luchan en el Congreso para obtener reparaciones, otros enseñan a organizarse para colmar la ausencia del Estado. El pueblo colombiano no es pasivo ante esta lógica de violencia. Su lucha debería ser un ejemplo para todos los pueblos que viven bajo falsas democracias.No son las 30 bombas caídas del cielo que harán cesar la violencia, sino este verdadero trabajo de terreno por la paz y la dignidad de los colombianos.
Traducción del francés: REDHER
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